Inactividad provisional
Por enfermedad de su autor,
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Estupenda página la de Juan Luis Rebollo sobre La Fregeneda (Salamanca). Las virtudes de ese sitio web son la claridad, la limpieza, el buen gusto, la riqueza de imágenes. Y la precisión de los temas, la nitidez y extensión de los textos, la calidad de las fotografías y de los mapas…, todo es encomiable.
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He vivido en grandes ciudades, como Madrid o Párís; y en otras más pequeñas, como Salamanca o Marbella. Pero tengo alma de campesino. Nací en un pueblecito que duerme junto al pico del Calvitero (2.400 metros de altura sobre el nivel del mar). Cuando yo era niño, a unos kilómetros del poblado había nieves perpetuas en las umbrías. A los neveros de la sierra, subían los lugareños en julio y agosto, con asnos y acémilas, para cargarlos con nieve y llevársela a casa, porque entonces no existían frigoríficos. Ahora, la elevación de la temperatura global ha terminado, al menos en los meses veraniegos, con aquel regalo blanco. Mas, en invierno, allí está la estación de la Covatilla para aquéllos a quienes les guste esquiar. Mi pueblo se llama Becedas y es de la provincia de Ávila. ¡Qué verde era mi valle! Y lo sigue siendo. Amo a Becedas; por ello, a lo largo del blog os hablaré de mi pueblo.
Allí se casaron los duques de Béjar en el año no sé cuántos. Allí vivió una curandera medio bruja, a la que santa Teresa acudió para ser tratada de sus dolencias. Durante unos meses, la monja recibió pócimas y brebajes que la dejaron, por culpa de la sanadora, en peor estado del que tenía al llegar. Allí veraneó Unamuno algunos años. Allí nació el historiador y antropólogo José Sendín Blázquez, un canónigo de saber enciclopédico. Allí nació Jesús Gómez Blázquez, un extraordinario filólogo que no para de estudiar las raíces del habla. Y allí nací yo, que soy bastante vanidoso. Tuve la suerte de que, un día (el 24 de agosto de 2001), mis paisanos me homenajeasen en el salón del Ayuntamiento y de que, a continuación, descubriesen en la fachada de mi casa natal una placa de mármol con letras de bronce, que me celebra como poeta y humanista y recuerda que nací en aquel lugar. Cuando los turistas llegan a Becedas y ven la placa, suelen preguntarse: «…Y este individuo ¿quién fue?»
Con frecuencia os hablaré de Becedas y de los becedenses. Y es que mi bisabuela y mi tatarabuela y sus antepasados, durante muchos siglos, nacieron allí como yo, y eran descendientes de los vetones. Toda esa cadena familiar vivió, en aquel lugar, de los dones de la tierra y del sudor de la frente. De niño, acompañé a mis mayores a recoger las cosechas de manzanas y de peras, de cerezas y de alubias, de patatas y de nueces… Luego dirán que en mis versos hablo mucho del campo. Por culpa de los libros y de los viajes, fui haciéndome después señorito ciudadano; y ahora, pago las consecuencias con mis añoranzas. Yo, en el fondo, soy un campesino desterrado.
Si queréis saber algo más de mi pueblo, podéis leer el siguiente artículo:
BECEDAS: UN PUEBLO Y SU PAISAJE
Por Luis Miguel Centeno Terrón
Anclado aún en su pasado, Becedas, pueblecito abulense de la serranía bejarana, es un rincón que comienza a abrirse tímidamente al turismo y a la inversión. Un paisaje privilegiado, pero casi oculto, es precavido tutor que recibe ahora, celoso, pequeños grupos de excursionistas que buscan agrestes parajes y que admiran los encantos de una arquitectura primigenia. De vez en cuando, camino de El Tremedal, pasan por los castañares, robledos y pinares próximos al caserío de La Rasilla, contados coches, cuyos ocupantes, con el objeto de contemplar desde la altura el costado de la montaña o el fértil valle del río Becedillas, se aventuran por una carretera poco transitada, que costea verdes prados y amarillos repechos con piornos. El entorno del pueblo es fundamentalmente bucólico, con noguerales y huertas que fueron feraces y que ahora están medio abandonadas por motivos de la emigración. Toda clase de árboles frutales, arbustos y plantas herbáceas crecen en el término municipal; y las balconadas, en el buen tiempo, se colorean con geranios y rosales floridos. La flora y la fauna ofrecen un amplio abanico de especies, y el caminante que transite por los alrededores del pueblo podrá toparse con un zorro, un lagarto ocelado, un águila, un jabalí o una serpiente.
Becedas, al S.O. de Ávila y en el ángulo en que se une esta provincia con las de Cáceres y Salamanca, es un pueblo tranquilo, de recursos agropecuarios, donde el cultivo de la manzana y de las celebradas alubias de El Barco fue relevante. Con un censo que, aunque ha llegado a sobrepasar los 1.000 habitantes, apenas tiene ahora 400, número que puede duplicarse en la época vacacional veraniega.
Becedas fue antaño un enclave de envidiada economía, con 19 molinos harineros, 12 telares de paños bastos, otros nueve de lienzos y tres batanes, fábricas de las que subsisten importantes reliquias. Recostado a los pies de la montaña de Peña Negra, en el primer escalón que conduce al pico del Calvitero, cuya altura sobrepasa los 2.400 metros, sestea en apacible intimidad. No a muchos kilómetros, se encuentra la estación de esquí de La Covatilla. Antiguamente subían los lugareños a la sierra, con mulos y asnos, en pleno mes de agosto, a recoger la nieve —que entonces era perpetua— de las umbrías o neveros, para refrigerar las bebidas durante las fiestas. Ahora todos los vecinos tienen en sus domicilios agua corriente, cuarto de baño y frigorífico. Hay allí varias “casas rurales”, ocupadas durante todo el año; y más de un mesón para degustar algún guiso de la tierra.
Pasa por Becedas la carretera que, con un recorrido de 29 kilómetros, va desde el Barco de Ávila, partido judicial abulense, hasta la salmantina ciudad de Béjar. El pueblo se encuentra a mitad de camino de ese eje viario, a cuyos lados pueden visitarse algunos pequeños peblecitos y aldeas, desconocidos por el turismo y llenos de un primitivo encanto rural: Navamorisca, El Losar, Casas de la Vega, Barrio Chico y Junciana, Palacios de Becedas, Gilbuena, Becedas, San Bartolomé de Béjar, Neila de San Miguel, La Hoya, Navbacarros, Vallejera de Riofrío, Valdesangil y Palomares. Frente a Becedas, al norte, se extiende una montaña menor, de peregrina constitución rocosa, con dos alturas denominadas Picos de Neila. Paralelo a la carretera, sestea por los prados, entre álamos y fresnos, un riachuelo que desemboca en el Becedillas, afluente del Tormes.
Becedas es un pueblo prístino, de orígenes vetones, castellano-repobladores, moriscos y judaicos, que conserva las culturas de la construcción con piedra de granito tallada y de la conducción del agua por antiquísimas acequias. Por sus características balconadas, “machaderos” y canalillos ruanos, que van desapareciendo, tiene alguna similitud con Candelario, pueblo salmantino próximo , muy conocido y celebrado. Una espléndida iglesia, con aires de colegiata, eleva su hermosa torre sobre las casas. Unamuno, asiduo visitante de Becedas, donde veraneó varias veces, fue quien primero cantó , enamorado, en diversas poesías, el paisaje becedense: “…aquel escobar serrano / de escueto y pardo verdor…”, o “Cállase al cielo la escoba / junto al desnudo berrueco / y entre las cumbres el eco / en el silencio se arroba”. En su obra Andanzas y visiones españolas, descubre el rector salmantino a Becedas: “Miré a Becedas. La villa a distancia, aparecíaseme cual una enorme tortuga roja —del color de sus tejados— con un cuerno, que era la torre de la iglesia. Y recordé las calles por las que corre al sol y al aire el agua del arroyo, donde a las veces pican las gallinas, y los tiestos de flores en las galerías…” De forma parecida, escribía un reciente visitante: “Ya de atardecida y desde lejos, divisamos un pueblo en el que resalta la torre de su iglesia sobre el rebaño de casas cobijadas a su amparo. Parece también esa torre una enorme cigüeña oteando los campos sobre una bandada de cogujadas acurrucadas a su sombra”. El poeta Ángel Marcio, nacido en Becedas y que ha escrito numerosos poemas sobre su pueblo, canta en romances y sonetos el paisaje y la poesía del terruño: “Rosa del Becedillas, blanca rosa / ensoñación que, en dulce primavera / creciste en mi ventana y, prisionera, / fuiste canción del alba temblorosa…”; o “Mi dolor quiere perderse en los caminos rurales / y consumo mi agonía entre helechos montaraces. / Una pobre flor de endrino cura mis ojos de males / y me consuelan las sombras de los espinos albares. / Vuelvo al campo, vuelvo a un mundo de vagas eternidades, / donde me confiesa el bosque, donde me protege el aire”. En uno de sus sonetos, escribe sobre las fuentes de la sierra becedense:
Hilos de plata nacen de la luna,
y la nieve los nutre; son las fuentes.
¡Cuánto cristal helado, en las pendientes
oculto; cuánta lágrima oportuna!
Baja el agua en sosiego y, con fortuna,
se hace pez mineral de los torrentes;
ahora cuelga, salta, sueña puentes,
acrece la garganta en que se acuna.
Delatadas las horas del invierno,
guardo en mi corazón cosas tan bellas.
¡Telúrico flüir, líquido eterno!
MIro las fuentes y renazco en ellas,
espejos de la sierra, beso tierno
del frío cuando bebo las estrellas.
Las aguas de regadío y de las fuentes son consustanciales al pueblo, y fueron motivo de enconadas disputas con los municipios cercanos; pero eso ya es Historia. Como Historia son —y no queda espacio para describirlas ahora— la estancia de Santa Teresa de Jesús durante varios meses en Becedas, y la vida legendaria del dominico Fray Jordán, quien murió en olor de santidad entre los indios de Nueva España, en 1952.
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MEMORIAS DE LA GUERRA CIVIL
Por Ángel Marcio García
Desde niño, he sentido cierta aversión hacia el cálculo mental, hacia la memorización de las fechas exactas de los sucesos; por lo que no suelo recordar, por ejemplo, el día de una batalla o la cronología de un reinado; y, sin embargo, me gustan las matemáticas, al menos en lo que tienen de filosofía. Frente a esa laguna innata, quiso compensarme de algún modo la naturaleza y me dotó de una memoria privilegiada para recordar personas, acontecimientos y lugares concretos; supermemoria que es efectiva desde los primeros meses de mi infancia y que en mi entorno familiar se ha considerado patológica.
De ese feliz recordar nace este pequeño artículo, que recoge hechos acaecidos cuando yo contaba poco más de dos años, pero que me parece estar viviendo aún. Los comentarios oídos luego a mis mayores confirmando las cosas como yo las explicaba, enriquecieron mis criterios con razones objetivas, fijándose en mi consciencia muchos acontecimientos, de manera indeleble.
Si en alguna ocasión tuviese la oportunidad de escribir una serie de retratos sicológicos correspondientes a los personajes más sugestivos que he conocido a lo largo de mi vida, no podría faltar el de don Carlos Cuervo, añorado becedense, al menos de adopción. Fue un hombre sencillo y ecuánime, afable e ilustrado; y, aunque él hubiera deseado pasar desapercibido, poseía un aire señorial que le venía de lejos y que delataba sus cualidades. La distinción era temperamental en él, y cualquier interlocutor que se le aproximara se daba cuenta enseguida de que se encontraba ante un hombre fuera de lo corriente.
Don Carlos fue apreciado por cuantos lo conocieron; sobre todo, por sus amigos y alumnos de la Universidad salmantina. La amabilidad y ecuanimidad, la liberalidad y el sano humor, hacían de él un hombre envidiable. Nunca intentó medrar por caminos torcidos, y la limitación de sus ambiciones le mantenía en esa áurea mediócritas ensalzada y deseada por los poetas y filósofos antiguos.
No quisiera entretenerme en hacer una valoración política de don Carlos, quien fue médico de Franco durante los primeros meses de la contienda civil, facultativo militar vinculado profesionalmente al cuerpo de Intendencia y, más tarde, profesor de la Facultad de Medicina en la Universidad de Salamanca. Entre quienes gozaron de las confidencias de nuestro personaje, se rumoreaba que quiso el dictador vincularlo a la política y hacerlo Gobernador Civil de Canarias, pretensión que don Carlos esquivó hábilmente argumentando su inexperiencia administrativa.
Tampoco desearía que, de la lectura de estos párrafos, se dedujese que mi familia materna tuvo una mentalidad o una actuación simpatizante con el franquismo. Por el contrario, mi propia madre, en el fondo, fue republicana, y siempre contestataria frente al régimen. Como maestra de enseñanza primaria, se vio obligada a pertenecer al aparato de FET y de las JONS (Falange Española Tradicionalista y de las Juntas Ofensivas Nacional-Sindicalistas), afiliación generalmente necesaria para poder integrarse en la enseñanza, como funcionaria, y ganar el pan durante la dictadura, sobre todo en los difíciles años de la posguerra.
Las relaciones de mi familia con los Cuervo fueron excelentes, hasta el extremo de que, a lo largo de la contienda civil y mientras mi padre estaba en el frente, era raro el día en que mi madre y yo dejábamos de visitar en Salamanca el domicilio de don Carlos: una casa con escalera exterior, galerías con vitrales y un pequeño jardín, ubicada haciendo esquina a la plaza de Gabriel y Galán, tras la antigua Casa de Socorro y en las proximidades del Mercado de San Juan, que fue construido más tarde, en la década de los años 40. Era una casa de finales del siglo XIX o principios del XX, y tenía cierta prestancia burguesa; luego fue derruido el edificio para realizar nuevas construcciones y la familia adquirió una nueva vivienda en la Gran Vía.
Recuerdo la simpatía, buen humor y humanidad de doña María Luisa, la esposa de don Carlos. Ella se entretenía con mi madre y comentaban los chismes ciudadanos y aquellos otros que llegaban desde Becedas. Entretanto, yo solía jugar con Luis, el más pequeño de los hijos del matrimonio; y no me olvido de Pilar, Carlos y Nacho, quienes eran los restantes vástagos de la ilustre pareja. Con el paso de los años, fui perdiendo el contacto con todos ellos. Otra persona que también frecuentaba la casa y que incluso vivía en el mismo edificio, en una residencia para clérigos, era don Claudio, un anciano sacerdote de carácter bonachón y costumbres primitivas. Tampoco olvido el hermoso perro lobo que la familia tenía y que, como se verá, fue uno de los protagonistas de la anécdota que contaré.
Durante los veranos en Becedas, ya después de la guerra civil y en compañía de mi abuela o de mi madre, subí con frecuencia hasta la casa o chalecito que los Cuervo construyeron en la parte alta del pueblo, donde otro perro, pequeño y lanudo, llamado Rascayú, hacía las delicias de todos, correteando a nuestro lado por la huerta aledaña. Desde el año 46, no he vuelto a visitar aquellos lugares. Por entonces tenía don Carlos muy bien cuidado aquel predio de regadío, en el que había hermosos manzanos y perales. También por aquella época hizo construir, muy próximo a la casa, una especie de almacén de piedra, para guardar la fruta, y alguien había colgado del techo un saco lleno de serrín, que servía para que la gente joven se ejercitarse en el boxeo. Al don Carlos de aquellos días lo recuerdo perfectamente: recorría detenidamente la finca; desarmaba su pistola reglamentaria (que nunca utilizó), para limpiarla cuidadosamente; escuchaba la radio o leía los periódicos que le llegaban de Ávila y de Salamanca.
Pero volvamos a la época de la guerra y a la ciudad del Tormes. Don Carlos iba todas las mañanas a visitar a Franco, quien se había instalado en el palacio episcopal. Allí se preocupaba el médico por la salud del general y de su familia; y creo que, en alguna ocasión, nuestro facultativo se hizo acompañar de su hija Pilar para que jugase con Carmen Franco.
La anécdota que he anunciado más arriba, desde luego intrascendente, pero que no deja de tener su gracia, fue la que sigue:
Un día, después de su visita a Franco, reapareció don Carlos en casa y traía una enorme y lujosa caja de bombones que el general le había regalado. Se trataba de un estuche circular, tal vez de medio metro de diámetro, tallado en madera de nogal e interiormente forrado de seda. Me parece estar viéndolo sobre la mesa del salón. Al levantar la tapadera, aparecía un hermoso espejo, rodeado de bellos cordones verdes, rojos, amarillos y azules. Los bombones, envueltos en papel de estaño también de colores, constituían una tentación para todos, principalmente para quienes éramos niños. Nunca he vuelto a ver una caja de golosinas tan hermosa como aquélla.
Pronto mi madre y doña Maria Luisa cuchicheaban con don Claudio, el sacerdote, en un rincón del salón. Hacían conjeturas sobre la procedencia de la caja, que sin duda no había sido adquirida en ninguna de las provincianas confiterías o pastelerías de la ciudad. Atribuían el origen del estuche a un regalo previo que Franco habría recibido en el palacio. Y no se explicaban cómo doña Carmen Polo o Carmencita Franco no habían caído en la tentación de quedarse con la caja y de tomar aquellas golosinas. Pronto el diablo llenó a los mayores de malos pensamientos y de infundadas sospechas, y las lenguas se desataron: Si Franco había optado por entregar el regalo a don Carlos, sería porque el astuto general pensaba que podrían estar envenenados los bombones y que, antes que morir él y su familia, era preferible que pereciese el resto del mundo.
Todos deseábamos probar el selecto chocolate, pero el recelo contenía a los mayores, quienes, a su vez, nos apartaban a los pequeños del prohibido convite. Don Claudio el sacerdote, pecando de cruel pero con hábil criterio, preguntó por qué no se ensayaba con el perro administrándole algunos bombones. Y añadió que, si al día siguiente no había muerto el animal, podríamos satisfacer nuestra gula: era una maldad, pero al final prevaleció la idea y se llevó a cabo. Dos horas más tarde, el inocente perro seguía tan tranquilo, y ya nadie quiso esperar al día siguiente: poco a poco fuimos dando cuenta de buena parte de las tentadoras golosinas.
Otra de las cosas que recuerdo de aquélla época es que, cuando las sirenas instaladas en la estación y la catedral sonaban para advertir sobre la presencia de aviones republicanos y de un posible bombardeo, todos corríamos a escondernos en una especie de sótano que en el edificio había, y allí, casi a oscuras, se rezaba el rosario ante una imagen de la Virgen, hasta que los aviones se marchaban. Quitando un par de bombas o pocas más que excepcionalmente cayeron en alguna ocasión sobre la ciudad, Salamanca tuvo la suerte de no ser bombardeada por la aviación de la república.
Don Carlos siempre fue un hombre prudente. A pesar de su proximidad a Franco, nunca se le subieron los humos a la cabeza ni tuvo afanes de gloria. Era humilde en la conversación y creo que eludía hablar de política o acercarse a los personajes poderosos de aquel momento. Tuvo la posibilidad de haberse subido al tren del general y no lo hizo. Prefirió ejercer la medicina y la docencia, y tuvo vocación de investigador: se dedicó a estudiar el cáncer cuando apenas se sabía nada de esa enfermedad. Los médicos andaban desorientados sobre ella y él creyó que el mal era de origen vírico. Afortunadamente los métodos de investigación y el estudio de las enfermedades tumorales han avanzado mucho desde aquellos años y ya es más conocida la etiología del cáncer.
Una de las últimas veces que visité a don Carlos fue a mediados de los años 50. Fui a su consulta porque me aquejaban algunos trastornos digestivos, tal vez de origen nervioso, y, dándomelas de entendido, le dije: «Don Carlos, tengo unas digestonías (sic) neurovegetativas, y quiero que me examine usted». Entonces él me reconvino cariñosamente: «No, hijo; no es así como se dice. Tendrás distonías, pero la palabra digestonías no aparece en el diccionario». Me dio, de tan sencilla manera, una lección de gramática y quedé avergonzado.
Mis estudios de bachillerato en El Pardo, los cinco años de mi estancia en París y otros cinco en Marbella, y más tarde mi larga residencia en Madrid como funcionario, me tuvieron alejado en demasía de Becedas, mi querido pueblo natal, y de Salamanca. Un día pregunté por don Carlos y doña Maria Luisa, y recibí la temida respuesta: «Hace tiempo que murieron».
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Pronto terminará Rafael de Loma su nuevo libro, que acaso lleve el título de “Sol de España”, el periódico de mi vida. Estoy deseando leerlo porque, allá por los años sesenta y tantos del pasado siglo XX, en algo fui testigo de los inicios de aquel entrañable diario marbellí y malagueño, en el que hice lo poco que supe y pude, y cuya redacción abandonaba yo de madrugada, ya un poco cansado y pensando que, por culpa del necesario pluriempleo, a las ocho tenía que trabajar de nuevo en las oficinas del complejo urbanístico Los Monteros-Río Real (Mis recuerdos para Rodolfo Soto, Pedro Requena, Juan José Zumaquero, José del Pino, Teresa Lluansi, Ventura, Andrés…)
El diario “Sol de España”, al menos para mí, fue una comunidad de afectos más que de intereses. Creo que todos los que allí trabajábamos éramos buena gente. No sé por qué, en la sala de redacción había un puesto gafe, con una mesa y una silla que nadie quería ocupar. Aquel rincón le tocó luego a Eusebio, redactor de deportes. También hubo algún personaje que, acuciado por Morfeo, se metía en el cuarto del archivo fotográfico, cerraba la puerta con llave y dormía allí algún ratito, aunque fuese acostado en el suelo.
Me encantaba bajar a los talleres, oler la tinta de imprenta, ver a los linotipistas alineados, cada uno con su máquina y bebiendo de vez en cuando un baso de leche, porque el plomo de las galeradas es venenoso y ya se sabe que aquélla es un buen antídoto contra el saturnino metal. Una de las cosas que me impresionaba era ver la gran rotativa escupiendo periódicos. La prensa de pruebas era un juguete. Y el cuarto donde se hacían los clichés tipográficos de las ilustraciones, con un escáner cilíndrico y en aquella época moderno, me parecía un enclave mágico.
Rafael de Loma Rodríguez terminará pronto su libro. Es un periodista de casta y seguro que le está dedicando ilusión y tiempo. Quiero recordar que el escritor nació en Ceuta y que, siendo muy joven, inició allí sus tareas periodísticas en “El Faro” y en “La Hoja del Lunes”. Luego llegó a Marbella en 1967, para participar en la fundación de “Sol de España”, diario del que —ejemplo de trabajo y de continuidad— fue sucesivamente redactor, jefe de sección, redactor jefe, subdirector y director. En 1984 funda y dirige los diarios “La Tribuna de Marbella” y “Marbella Tribune” (éste totalmente en inglés). Luego hará lo mismo con el diario “La Tribuna de Algeciras” y con la revista “Andalucía Golf”. En 1989 es nombrado director del diario malagueño “El Sol del Mediterráneo”. Remodela el diario “El Periódico de Ceuta”, del que es nombrado director general. En 1995 crea en Madrid la revista internacional de turismo “Spain Now”… Su currículum es el de un periodista ilustre e infatigable. No hablaré ahora de sus brillantes actividades culturales, de las numerosas distinciones de que ha sido objeto, ni me detendré en reseñar sus libros: Las manchas del leopardo (1994), Gente poco corriente (1997), Palabra de periodista (1997)… Y, además, es editor.
Hace ya muchos años, cerca de 40, que no hablo con Rafael de Loma, ni siquiera por teléfono; pero leo asiduamente sus artículos en el diario “La Opinión de Málaga” y en el dinámico blog “Vuelva usted mañana”, que es una gran página informática de un gran periodista. Fue para mí un gran compañero, al que siempre he admirado.
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En el número 25 de Astrofuente Papeles Culturales, revista dirigida por Ángel Marcio García, aparece un breve pero delicioso artículo titulado “Pío Baroja y Ciro Bayo, de viaje por el Valle del Tiétar”, del que es autor el profesor Eduardo Tejero Robledo (La Parra -Ávila-, 1943).
Tejero Robledo ha publicado numerosos estudios sobre la didáctica de la lengua y la literatura, disciplina de la que es uno de los principales representantes universitarios del área hispana. Además, su itinerario de escritor se halla enriquecido por abundantes ensayos, artículos y creaciones que le otorgan un puesto preeminente en la actual nómina de investigadores del habla.
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El pintor Armando del Arco Seisdedos residió muchos años en Francia (París, Perpiñán…) y fue asiduo expositor en el Salón de Otoño, que cada año se celebra en el Grand Palais de la capital gala. Regresó a España hace tiempo y ahora ha instalado su estudio frente a los hermosos paisajes del Mijares abulense. En 2004, presentó su obra en la sala del Archivo Histórico de Toledo y, en aquella ocasión, Ángel Marcio García escribió el texto para el catálogo —Reflexión constructiva— y añadió un soneto dedicado al pintor. El poema, titulado Color y ritmo de la alucinación, apareció con algún error, imputable a la imprenta, y el autor hizo la oportuna aclaración y corrección en un artículo publicado en Astrofuente Papeles Culturales, nº 16, Madrid, 2004.
En 2007, Armando del Arco expone su obra en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), bajo el patrocinio de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, la Diputación Provincial, el Ayuntamiento de la localidad y Caja Duero. Al frente del catálogo, vuelve a ponerse el soneto, ya con la errata corregida; pero, si se subsanó ésta, se cometió otra por el estilo. Astrofuente Papeles Culturales, en su nº 24, Madrid, 2008, señala la nueva errata, que aún no se ha corregido en la web de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, donde también aparece mal reproducido el poema.
Ángel Marcio García ha decidido publicar de nuevo el soneto, tal como verdaderamente es, y se inserta a continuación:
COLOR Y RITMO DE LA ALUCINACIÓN
Ésta es la luz de Zeuxis y de Apeles,
que me hiere los ojos tentadora;
silente luz que vibra y me enamora
con gris de mar y rojo de claveles.
Ésta es la plenitud de los pinceles,
amarilla, dorada e invasora;
quebrada en sangre cuando el alma llora
en cenizas de ramas de laureles.
Atados a voluble geometría,
mantengo las pupilas y el ensueño,
tras verdosa y tostada celosía.
Ésta es la consecuencia del empeño:
en la alucinación de cada día,
una copa de gloria para el sueño.
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Hace algunas fechas y publicado en la colección poética Astrofuente, que dirige el escritor Ángel Marcio García, apareció el libro de poemas El viento y la profecía, del que es autor Teodoro Sáez Hermosilla, doctor en filología románica y catedrático de francés en Salamanca. Manuel Pérez Martín escribe el prólogo del poemario.
Sáez Hermosilla ya había publicado en la colección Astrofuente otro poemario, titulado Del libro de mis horas (1992), con ilustraciones de Pilar González Morán, prólogo de Luis García-Camino Burgos y comentarios de Charo de Irureta y de Mariano García-Landa.
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El compositor y director de grandes agrupaciones corales, Enrique García Vall, que ha pasado la mitad de su vida en Estados Unidos, acaba de terminar la partitura “Al alba”, título que corresponde a un poema de Rosas para Eva, libro del poeta Ángel Marcio.
Se trata de una composición para ser interpretada a cuatro voces mixtas, con acompañamiento de piano. Con ella y recogiendo la letra del poema, el maestro García Vall rinde un homenaje al poeta.
Más conocidas en América que en España, entre las composiciones del músico destacan creaciones como “Vals”, “Castilla canta”, “Sancta María”, “Pasodoble”, “El paño fino”, “Marcha de los Reyes Magos”, “De León”, “Pamplonica”, “De Cantabria”, y “Habanera del adiós”.
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El musicólogo Luis F. Leal Pinar, sin duda el mayor erudito internacional de la guitarra, quien ha publicado buen número de libros sobre el musical instrumento, es autor de Guitarreros de Madrid. Artesanos de la prima y el bordón (Ed. Dulcinea, Madrid, 2008), obra magistral que ha supuesto 30 años de investigaciones y de acopio de datos.
En dicha obra, el musicólogo no se ha olvidado de rendir homenaje al poeta y pintor Ángel Marcio García, quien en 2006 publicó la monografía de dibujo Guitarras imposibles (Astrofuente Papeles Culturales, nº 21). En ese número aparecían 30 originales visiones, más o menos cubistas, de la guitarra, instrumento tan español y picassiano.
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